¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las mías? Miguel de Cervantes Saavedra.
“No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque nos atrevemos a hacerlas. Las cosas difíciles llevan mucho tiempo, lo imposible puede tardar un poco más” Lucio Anneo Séneca.
“Los hombres pierden la salud para juntar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud. Y por pensar ansiosamente en el futuro, olvidan el presente. Viven como si nunca fuesen a morir y mueren como si nunca hubiesen vivido” Dalai Lama.
Entra la luz por un insignificante orificio de la bóveda un solo y minúsculo punto que con los pasos que da a tientas en la oscuridad de la caverna se agiganta.
En el centro de todo un coloso en tierra de nadie.
El hechicero mueve el arco, las cuerdas, la madera antigua, el gesto preciso; todo se queda sostenido en una quietud perfecta.
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Qué fábrica de intimidades hay entre sus dedos, cuantos susurros extraídos de las yemas y la nada.
Dedos raudos, sonidos frágiles, ojos soñando mientras lanzaba azufre al aire, avivando el fuego, recogiendo cenizas, manteniendo nuestras brasas vivas.
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Entre sus manos un mascarón de proa que navega y rasga las brumas de un mar sin olas.
Un hombre tan fuerte y tan cerca, un hombre que a visto la muerte a los ojos, un hombre solo en una isla sola, naufragado en las emociones, un hombre de antes y de ahora. Nos guía por lo invisible, levantando las piedras de los ríos, mostrándonos lo oculto, lo más hermoso y salvaje.
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El suelo húmedo exhala un olor dormido, huele a turba; con el tiempo el frío se adueña del lugar y el mago se arropa con la piel de la sima y por fin nos habla de sonidos, de la vida, de la belleza, de la muerte…
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¿qué fuerza hay que tener para acariciar siete cuerdas?
¿qué clase de aire respira un hombre como ese?
¿qué piensa su mente cuando la pasión por fin se desata?
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Murmura nanas, y en el hueco de sus manos esconde todas las noches del mundo.
Nos sacó de la negrura de golpe atrayéndonos hacia la luz como un pez abisal, y ya todo fue distinto puesto ya nunca quisimos prescindir de ella. Cómo vivir ya sin ella.
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Como nómadas sedientos lo seguimos hasta el infinito, por meandros y aguas abiertas, por espesos manglares; y a mi lado crecía una flor tan bella como intocable, con cada sonido un color, con cada verso un girón, un pellizco en el alma.
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Oímos cantos de sirenas y como siempre desoímos las advertencias y nos acercamos demasiado a la costa, encallamos; ahora somos naufragos en una isla ya no tan desierta, en una soledad más acompañada, en una querencia vivida al día que es como viven las almas.
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Desapareció el maestro, nos dejo un recuerdo emboscado un regusto en el paladar que no se borra con nada; espero que ese sabor indescriptible y esa pasión por la vida no desaparezca nunca y otros sigan avivando ese fuego.
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Gustavo D. García Bolaños (C) 2012.
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Escrito después de un concierto del Maestro Jordi Savall in Memorian de Monserrat Figueras en el teatro Manuel de Falla de Granada (15 de Marzo 2012).
“Se secó el granaillo que dormía entre gatos y gitanos,
se fue quedando ronco, y ya sin voz dejó al silencio huérfano de padre.
Como herencia sólo cenizas en la tierra y una estrella en el camino.
Frío, hoy se siente más frío en lo alto de la colina
desde que se quebraron las ramas con el peso del aire,
seco sin savia sin vida.
Ya no hay frutos descarnados que tirar al suelo,
ya no lleva el rojo como pendón flameando en el aire,
sólo un quejio queda, sólo un quiebro, sólo una estrella “.
A la memoria de ese hombre grande José Antonio Labordeta Subías (1935-2010).
“Dar a los campos luz,
sembrar de Labordetas el aire,
para no olvidar la libertad,
la libertad que nos han regalado
con el sudor y el hambre
de aquellos que vivieron
con un puñado de sal.
Que no nos quiten las ganas de oir
después del negro estruendo,
y con firme paso andar lo nunca andado,
inventar nuevos caminos, calles y callejas,
veredas varadas en la montaña y la pradera,
y un infinito hilo de barro en la durmiente estepa.
Se ha de sembrar el mundo de soñadores,
que prosperen en ellos la voz y nunca callen,
que nos enseñen a vivir con la modestia
de mochila, garrota y la fatiga del viaje,
y con nosotros los sueños, estrellas, vinos y bailes.
Se ha de sembrar de Labordetas el cielo
y que con ello su voz maña siempre viva,
para recordarnos siempre que un día
alguien quiso ser dueño de la libertad…
Le ví caer con los primeros días del Otoño,
con su melena desdibujada por el viento.
Cuando cesó la lluvia, cubrió con su cuerpo caminos y charcos,
acariciando con un suave tacto los pies y los tobillos.
Le dio sonido a los días de templanza, con una desnudez delicada,
con una voz cálida por las mañanas que de noche se torna aspera y fría.
Se desmoronó como el Sol al suelo,
rompiéndose en millones de átomos aureos que se aferraban a la tierra,
mientras otros gemían pendientes de un hilo esperando aquel día,
cuando el aire les arrebate un último suspiro.
Desde muy niño me siento hipnotizado por los paisajes boscosos, agrestes, tan salvaje como perdido en la espesura.
Algo en mi interior se rompe y aflora de tal manera que la piel se encrespa amotinada como un glaciar que se empuja y resquebraja.
Vuelve un primitivismo convulso, para recuperar algo que le pertenece, un territorio de caza en esta nada.
Mientras noto un corazón infantil, nervioso, apunto de salirse del pecho, con ganas de correr y gritar ladera abajo y dejarse caer entre las acículas, con ese olor a resina y madera viva y muerta.
Mis ojos, lívidos, esperan como dos niños la colisión entre dos titanes de naturalezas bien distintas, la tierra con ese dorso duro y ennegrecido y el etereo Alisio, constante, con una única intención… mover la isla de su camino.
De esa lucha, en la espesura del humo de la pólvora, siento frío, frío por el tiempo que no paso en el fondo de los valles, frío por el tiempo que no vivo en las cumbres, frío por no limpiar mi cansancio en las tajeas, ni en los charcos, ni en las playas al final de los barrancos; siento ese frío por el tiempo que no vuelve por el cauce de este río.
Me arrimo a su olor,
un perfume tembloroso,
y penetrante…
como un destetado gemido
clama donde no hay caminos
ni horizontes…
Si la veis decidle
que no la temo,
que no me hiere su recuerdo
pues no sembró de semillas el olvido…
decidle que no levantó fronteras suficientes
ni tan altas que mis raíces no derramen.
Quién podrá entregarme fatigada su figura,
quién será el valeroso mensajero,
quién despertará su serena llamada,
quién matará de estocada fiera su silencio,
quién abrazará el aire… aire de almendras mutiladas,
mientras sano robando besos de lumbres y destellos reposados.
Quién encerrará su perfume en cárcel no inventada,
quién ceñirá la presencia de su sombra…
quién será….
Si la veis decidle
que no la veo,
que sólo queda el olor fragante del anhelo.
Secano de alientos, humedal de vida…
lugar donde el paso se siente preso,
y la melancolía no puede escapar de mi recuerdo aunque pudiera ni por tapiales ni celosías, se hace fuerte en plaza primorosa,no queriendo nunca marchar de una jaula sin puertas…de este alma mía.
Claustro donde el tiempo se pierde, al igual que la conciencia y el tino…
y no parece envejecer a golpe de la acerada noche y el candente día,
el silencio que es dueño y señor de todo
se adormece como un anciano vencido y sin armas ,
para combatir el trino cadencioso y el frescor del agua.
Y a lo lejos se oye el destilar del vapor en gotas,
que corre y baila de oido en oido,
cantando y versando versos olvidados en lenguas
que no llego entender ni dar sentido.
Dar gusto a los sentimientos
con un puñado de cometas y estrellas
atados y pendientes en un cielo de madera y yeso con hilos,
firmamento imposible, indescriptibles poemas…
¿Si los Dioses volvieran nacer y a crear un cielo
copiarían acaso este mapa sideral de estrellas?
Y es aquí donde los nidos de golondrinas y nichos de vencejos
se sustentan en el aire sobre un andamio de turgente seda,
Siento en mis ojos un bestiario de formas a la cual más irresistible,
que me hacen sentir como un animal al acecho,
al acecho de todas las cosas y formas, de un silencio, de un ruido, de una risa, de una queja.
Y el rumor palatino se expande y se derrama por las retorcidas rejas,
llega a los barrios blancos…los barrios blancos de fachadas viejas,
llega a los pies de las montañas y recita una canción en voz baja.
Se deja acariciar por el frondoso bosque, mientras crece el rubor del alba.
Y ver desde aquí morir la noche y ver morir la mañana…